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Que nadie lo pase mal febrero 3, 2012

Posted by mispequenasobsesiones in Política, Uncategorized.
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Durante un tiempo, me entretuve escribiendo un libro, que jamás vio la luz, que solía definir cuando me preguntaban “como El Ala Oeste de la Casa Blanca pero visto desde el punto de vista más cínico, de una persona apasionada por la política pero desencantada”. Luego vi la serie The Thick of It y pensé que, en fin, es imposible inventar nada…

El caso es que estos días he recordado mucho el capitulito, comienzo del fin de la novela, en que el líder del partido progresista (Laboristas, los llamo) se dirije a sus bases en el mitin final de unas primarias celebradas mientras aún están en el Gobierno y encarando las elecciones generales. Puse en ese capítulo mucho de mis reflexiones sobre lo que era ser progresista, pero estos días más que por eso lo recuerdo por el párrafo final. Me temo que los candidatos oficiales del 38 Congreso me hacen pensar más en ese último párrafo que en el resto.

Copio aquí ese capitulillo suelto porque viene al pelo de la actualidad y también para reivindicar que la idea fuerza del discurso, “que nadie lo pase mal”, está escrita hace bastante más de un año, ya que he observado que mi lector más incondicional la ha plagiado vilmente en una publicación seria ¡Y en mayúsculas! (tómese la crítica con cariño).

Último cartucho

Mis asesores me han dicho que no me muestre derrotado, que no reconozca errores y que no mencione a mi oponente por su nombre. Mis asesores me han dicho que tengo que mostrarme como un líder fuerte, seguro de sí mismo. Mis asesores me han dicho que gesticule, para no parecer demasiado hierático, pero que no gesticule demasiado, para no parecer nervioso.

Pero ¿sabéis una cosa? Estoy harto de mis asesores de imagen. Esto no es un concurso de la tele. Esto es la máxima expresión de la política y la política se hace con ideas, no con segundos en el telediario.

Y aquí estamos, en este salón de actos, un candidato, un hombre que ha dedicado su vida al partido y al servicio público, y siete mil militantes. Siete mil personas con ideales, con integridad, con convicciones y solidarias. Siete mil personas afiliadas a un partido político en estos tiempos de individualismo egoísta. Siete mil personas que, a pesar de sus problemas diarios, sus trabajos, sus sinsabores, sacan tiempo, esfuerzo y energía para ayudar a construir un país, a través de la máxima expresión de la solidaridad y la convivencia en sociedad que es la democracia, y que no podría existir sin los partidos políticos y los militantes que los integran.

Sois voluntarios de las ONG más importantes de la democracia y, sin embargo, lo sé, cada día tenéis más difícil mostrar con orgullo vuestra afiliación porque nosotros, los que nos dedicamos a esto a tiempo completo, no estamos a la altura de las expectativas. Estamos más preocupados de ganar, de ser candidatos, de salir bien en los titulares, de tener muchos minutos de televisión, que de arreglar el mundo. Porque a veces nos olvidamos de que nuestro verdadero único objetivo es intentar arreglar el mundo entre todos, los militantes de base y aquellos a los que nos aupáis para que dediquemos nuestra vida a intentar plasmar vuestros ideales. Porque no nos engañemos: arreglar el mundo requiere tener ideales. No hay soluciones mágicas neutras.

Y, en cambio, aquí estamos, vosotros y yo, dedicando esta tarde de sábado a escribir quizá otra página de la historia de nuestro país. No nos equivoquemos: en política, todas las grandes decisiones dependen de todas las pequeñas decisiones individuales que se tomaron antes. De todos los que arrimaron el hombro, pensaron y apostaron por una opción o por otra.

Si hoy os gusta lo que veis en mí y confiáis de nuevo en mí, y mañana me dais vuestro apoyo frente al candidato Lucero, estaréis escribiendo una página de la historia de España. Con vuestro voto estaréis garantizando la reelección de un presidente del Gobierno laborista.

En este atípico discurso del candidato Romedales la mención a la posibilidad de ganar de nuevo el gobierno había sido la señal que los siete mil asistentes al último mitin antes de las primarias estaban esperando para poder descargar su emoción y adrenalina en aplausos.

Gracias. Gracias. Shhh. No aplaudáis todavía…. Pero lo importante no es ganar. Es saber para qué se gana. Yo tengo un proyecto de España. Soy laborista, y como laborista creo que nuestro país debe ayudar más a los más débiles para que seamos un país más solidario y justo, donde nadie lo pase mal.

“Nadie lo pase mal”. Suena grandilocuente, o naif, pero es la verdad. Mis asesores me han dicho que no debo hablar en negativo, pero me da igual. Ese debería ser nuestro objetivo: que nadie lo pase mal. Que nadie tenga un trabajo indigno, que a nadie se le cierren puertas, que nadie reciba un trato injusto, que nadie que necesite ayuda se encuentre solo. La sociedad existe para que, entre todos, consigamos que nadie lo pase mal. Todo lo demás es accesorio. Creo que todos estamos de acuerdo en eso. El candidato Lucero también lo está. Pero podemos diferir en el qué hacer para conseguir ese elevado objetivo que nos hace a los laboristas mejores personas que a los demás.

¿Y qué hay que hacer para que nadie lo pase mal? Yo creo que hay que defender hasta la muerte la igualdad de oportunidades para todos y proteger a los débiles, pero también tenemos que saber que proteger a los débiles no es atacar a los fuertes. Ya no hay una dicotomía entre obrero y empresario. Estamos en el siglo XXI, los empresarios no son el enemigo, sino el aliado que puede hacer que nuestro país crezca, que ganemos en bienestar, que tengamos buenos empleos, que tengamos un auténtico Estado del Bienestar. El capitalismo no es malo. Necesitamos que todos tengamos las mismas oportunidades de triunfar en él. Lo que es malo es el sometimiento irreflexivo e impotente al capitalismo. El laborismo debe utilizar el capitalismo a su favor para conseguir su objetivo. Nuestro objetivo no es crecer por crecer. Nuestro objetivo es que todo el mundo viva mejor. Para eso es necesario crecer y por eso estamos a favor del crecimiento. Pero no al revés.

Romedales esperaba en este momento otra ronda de aplausos, pero sus siete mil seguidores se habían distraído en el laberinto de palabras y nadie cogió el guante. Estaban, quizá, demasiado cansados después de horas en autobuses que les habían traído de toda España. Mateo Arcos, el jefe de campaña, había conseguido un lleno absoluto a base de esfuerzo e insistencia. Sólo le había faltado conducir él mismo los autocares.

Yo no he oído al candidato Lucero haciendo estas reflexiones. Sólo sé que tenemos los mismos objetivos, y en cambio él quiere ser candidato en lugar de mí a sólo tres meses de las elecciones y eso, vosotros que estáis aquí lo sabéis bien, es un gran riesgo. No se puede cambiar de caballo en mitad de la carrera.

Entones ¿por qué quiere presentarse? Le he estado dando muchas vueltas a los motivos de Lucero, porque a mí todo lo que ocurre en el partido me preocupa, yo necesito entender.

No creo que sea ego personal, no. Nadie da este paso sólo por ego, creo yo.

Creo que Julián Lucero está decepcionado. Está decepcionado conmigo. No he hecho todo lo que queríamos hacer en la primera legislatura laborista. Es cierto. Yo también lo pienso. Yo también quiero hacer más. Yo también, como todos vosotros, quería una ley de educación sexual, una baja por maternidad de un año, quería muchas cosas.

Pero gobernar es mucho más que conseguir eso. Gobernar es sacar adelante un país, un país en el que hay muchas sensibilidades y todas ellas están representadas en el Parlamento, y con todas hay que negociar, ceder o estar firme, dependiendo del momento. Gobernar es tomar decisiones. Y a veces un gran gobernante tiene que tomar decisiones que no le gustan. Y es verdad que gobernar es difícil, que no siempre se consigue lo que se quiere, pero no es menos cierto que cada día de gobierno se puede hacer mucho más para mejorar la vida de muchas más personas que de cualquier otra manera.

Por eso lo que os pido no es que me votéis a mí mañana frente a Lucero porque lo voy a hacer mejor. Yo lo que necesito es que os dejéis la piel en la próxima campaña de las elecciones generales porque, sea quien sea el candidato laborista, necesitamos una mayoría fuerte, que nos permita llevar a cabo nuestro proyecto.

No es una cuestión de nombres, no es una cuestión de imagen, no es una cuestión de liderazgo. Es una cuestión de lo que vosotros, como laboristas, podéis hacer por vuestro país. Ya sabéis cuál es mi programa. Si queréis que lo llevemos a cabo, no necesito que me votéis mañana. Necesito que arrasemos dentro de tres meses. Y lo vamos a conseguir. Con vuestra ayuda lo vamos a conseguir. Vamos a construir ese país en el que nadie lo pase mal. Vais a construirlo vosotros. Apostando mañana por mí estaréis apostando por ese camino. Os necesito. España os necesita. Muchas gracias.

La ovación retumbó en todo el edificio. Siete mil personas a las que de repente les habían hablado con humildad, con sinceridad y, al mismo tiempo, con ilusión y energía no podían parar de aplaudir. Les habían llamado a construir grandes proyectos y estaban dispuestos a hacerlo.

En la segunda fila, al lado de la mesa de uno de los técnicos de sonido, su asesesora Cristina también aplaudía con ganas. Su jefe había dicho exactamente lo que ella le había dicho que tenía que decir.

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