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Cayendo bajo en Nuevo México (y Salamanca) mayo 15, 2012

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“Cayendo bajo”, “echándose a perder”, “derrumbándose”, “hundiéndose”. No se me ocurren mejores o más exactas traducciones para Breaking Bad, una magnífica serie emitida por la AMC que espera su quinta temporada. A diferencia de su personaje principal, Walter White, cuya degradación moral vemos capítulo tras capítulo, la serie mantiene un nivel excelente desde el primer episodio hasta el último emitido, cuyo final me dejó impactada en el sofá, a pesar de que, una vez digerido, encaja como perfectamente lógico.

Breaking Bad cuenta la historia de un pobre hombre, profesor de química en un instituto por las mañanas y limpiador de coches por las tardes, con una vida anodina y una familia a la que mantener al que un día diagnostican un cáncer prácticamente incurable. Ese hecho es el detonante para que Walter, sin nada que perder, decida emplear sus conocimientos de química para fabricar drogas y dejar así dinero a su familia (hay un bebé en camino y su otro hijo tiene una discapacidad).

Como es lógico, al principio todo son meteduras de pata por su desconocimiento del mundo de las drogas, lo que provoca en el espectador algunas risas en la primera temporada. Pero cuando has sido una persona gris toda tu vida y descubres que eres mejor que los demás haciendo algo (en este caso, “cocinar” drogas sintéticas), es muy difícil no abrazar esa nueva vida con ganas. Walter es listo, aprende rápido y se mimetiza con el nuevo mundo en el que ha entrado, convirtiendo esta “dramedia” cada vez más en drama y menos en comedia. Al revés que otras series, en las que los personajes tienen una personalidad definida a la que nos aferramos mientras evoluciona la trama, en Breaking Bad lo que vemos es evolucionar al personaje (en cierto sentido “crecer”, aunque sea degradándose), a cuyo alrededor se desarrolla una trama.

La historia podría parecer increíble, pero como solemos defender en este blog, la ficción siempre es superada por la realidad. Dado el éxito que está teniendo Breaking Bad, me sorprende que no se haya recordado el caso de un profesor de Química de la Universidad de Salamanca que hizo su mismo camino. Detenido dos veces, la primera vez trabajaba con un treintañero que distribuía la droga. La segunda, trabajaba para una mafia más organizada. Hasta en eso se parece el profesor salmantino al profesor White.

Así pues, si los guionistas de Breaking Bad se quedan sin ideas (cosa que dudo, ya que el nivel es excelente), deben saber que, para próximas temporadas, pueden descubrir y detener al Sr. White, condenarle a tres años de cárcel, expulsarle del instituto y, años después, que vuelva a ser detenido en pleno proceso de fabricación, para alegar que esta vez lo hace por el despecho de lo mal que lo trató la sociedad en la primera ocasión en que fue descubierto (argumento que encajaría perfectamente en la boca de Walter White, por cierto). El País contaba las dos detenciones del “profesor White” salmantino en 1995 y 2003.

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Homeland: cuando nada es lo que parece mayo 10, 2012

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La pasada temporada televisiva de otoño en EEUU trajo muchas novedades en series, pero la mayor parte de ellas acabaron en el cajón de las canceladas, algunas sin llegar a acabar la temporada (The Playboy Club, Pan Am, Prime Suspect, etc). No es el caso de Homeland. Tuvo gran éxito de audiencia (el mejor estreno y el mejor cierre de una primera temporada de la historia de Showtime, según recoge Wikipedia) y de crítica, ofreció una primera temporada impresionante y pronto volverá con una segunda.

Los blogs de series empezaron a vibrar con Homeland nada más estrenarla. Pero el plantemiento no me resultó atractivo: los personajes eran un héroe de guerra que vuelve a EEUU tras ocho años en Afganistán y una Agente de la CIA con problemas psicológicos obsesionada con él. Lo mínimo que se me ocurría pensar sobre ella era que se trataba de un thriler para mayor gloria del patriotismo norteamericano.

Pero, como les ocurre a sus personajes, en Homeland nada es lo que parece. Cuando mis otras series del momento acabaron, me animé a darme una panzada de fin de semana con la temporada completa. Ahora cuento los días para que estrenen la temporada 2.

Los primeros capítulos son un calmado estudio de los problemas de adaptación a la sociedad de alguien que ha estado secuestrado años: la reconstrucción de la relación con su familia, las dudas de quienes le rodean sorbe cómo relacionarse con él, su propio sentimiento de incomprensión. Al mismo tiempo, nos muestra a una mujer fuerte y débil al mismo tiempo, una agente de la CIA antisocial con claros problemas psicológicos pero indestructible voluntad de servicio a su país.

Cuando decidí que estaba ante una serie psicológica muy bien hecha y mejor interpretada, descubrí, sin darme cuenta de en qué momento había ocurrido la transición, que en realidad lo que estaba viendo era un thriler trepidante de los que me hace abrazar el cojín del sofá en tensión durante 45 minutos por capítulo.

Al concluir la temporada supe que el espectador estadounidense medio que imagino viendo series de soldados (irreflexivo, patriota y admirador de NCIS), no debe ser tampoco lo que me parece, si ha sido capaz de ver Homeland y plantearse al menos la mitad de las preguntas que la serie te genera según la ves.

¿Guionistas whovians o product placement? octubre 12, 2011

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Hace unos meses, viendo un capítulo de Criminal Minds, pegué un brinco en la silla cuando el Doctor Reid mencionó (en una charla informal para mostrar el ambiente distendido del avión en el que se desplaza la unidad de análisis de conducta del FBI) que no sé qué película en realidad no es más que una copia de Doctor Who.

(no he encontrado subtítulos, pero las palabras exactas del Doctor Reid en Coda, capítulo de la sexta temporada, son: -First of all, it’s a police box, not a phone booth. Second of all, Doctor Who started a quarter of a century before Bill and Ted even went on their bodacious adventure, so really they should have called it Bill & Ted’s Excellent Ripoff)

Como buena fan, me hizo ilusión que una serie tan americana y tan popular como Mentes Criminales mencionara a mi Doctor, la serie de casi 50 años de antigüedad y muy popular en Reino Unido, pero más bien de culto friki en Estados Unidos, creo yo. El Doctor Reid está caracterizado como un tipo un poco friki/geek, o sea que la cita era un guiño que contribuía a la construcción del personaje. “Algún guionista whovian ha colado un pequeño homenaje a su serie”, pensé, sin darle más importancia que el placer de que dos de las series que sigo se entrelazaran, aunque fuera con una simple mención (ya saben, los que hayan leído mi post Crossover, que los cruces entre series me encantan).

Pero lo de esta semana ha sido distinto. De nuevo, viendo Criminal Minds, el capítulo Dorado Falls de la séptima temporada, una mención al Doctor: un trabajador de una empresa que ha sido atacada no ha muerto porque estaba de vacaciones en una convención de Doctor Who en San Diego, Rossi dice que es un hombre afortunado y de nuevo Spencer Reid hace honor a su aura friki diciendo que la convención tiene que haber sido fantástica.

En principio, nada inusual, el guinista whovian volviendo a hacer de las suyas, si no fuera porque a través del twitter de frikis reales, no inventados como el Dr. Reid, Blogtor Who me entero de que la semana pasada los guionistas estadounidenses se volvieron locos con Doctor Who: al mencionado capítulo de Criminal Minds hay que sumar todo un capítulo de Anatomia de Grey en el que una de las tramas es la disputa de un paciente y su amigo por conseguir una réplica de la TARDIS (la nave del doctor). Además, en un guiño muy sutil, un personaje de una tercera serie, Supernatural, utiliza como alias Amy Pond, el nombre de la actual compañera del Doctor.

Un festival de menciones a Doctor Who que se convierte en la delicia para los fans… Pero que me parece un poco sospechoso. Una mención está bien, es curiosa. ¿Pero tres en las mismas fechas? Suena más a campaña orquestada que a casualidad, y todos sabemos que el marketing basado en el product placement es mucho más sutil y está mucho más desarrollado en EEUU que lo que podemos ver por aquí (aquel cartón de leche en primer plano en Médico de Familia no tiene nada que ver con que dé la casualidad de que la mayoría de mis personajes favoritos usen Mac sin que prácticamente te puedas dar cuenta…).

Y es que un product placement bien hecho, como éste si fuera tal cosa y no casualidad, no estropea la trama ni es molesto, y además, si es de un producto con el que previamente ya te identificabas, te hace hasta ilusión.

Hace unos meses un directivo de la cadena de cable SyFy de Estados Unidos respondió en twitter a la pregunta de un fan que ya no emitían Doctor Who porque BBC América había estimado más oportuno explotarlo por su cuenta que venderles los derechos. Quizá esta campaña sea un primer paso para algo más… No olvidemos que el primer capítulo de esta última temporada se desarrolló en Estados Unidos y tuvo bastante promoción allí.

El blog de BBC América se hace eco de todas estas menciones a Doctor Who (por supuesto como si no fuera cosa de ellos) y en los comentarios varios lectores expresan sus temores a que si Doctor Who le empieza a gustar a los americanos acaben haciéndolo ellos y cargándoselo… ¡Y me temo que me sumo a ese miedo! Torchwood Miracle Day empezó muy bien pero me acabó decepcionando en su desarrollo… Quiero pensar que si hubiera seguido siendo un producto puramente BBC Wales eso no les habría pasado.

Malcolm Tucker, Sir Humphry y Leo McGarry octubre 6, 2011

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Series de televisión, política y comunicación. Tres de los temas que considero “mis pequeñas obsesiones” a las que dedico este blog. Algún día tenía que escribir un post que uniera claramente las tres cosas.

Hace unos días mencionaba la película In The Loop y El Ala Oeste de la Casa Blanca para introducir una reflexión sobre política y medios a raíz de ver la serie sobre periodistas State of Play. Acabo de retirar ese párrafo para traerlo a este post. He visto las tres temporadas existentes de The Thick Of It, la serie de la que surge In The Loop, y he decidido dedicar este post a la que he decidido que es, hasta el momento, La Trilogía de series sobre política y sus interioridades: “Yes, Minister” (y su continuación “Yes, Prime Minister”); “The West Wing” y “The Thick Of It”. Ha habido otras, como la “Señora Presidenta” de Geena Davis, pero no es lo mismo.

Hace un par de años la película In the Loop me hizo reír por los cuatro costados: toma el ambiente “gabinetero” del Ala Oeste de la Casa Blanca y quítale el idealismo, el compañerismo, las personas extremadamente inteligentes y extremadamente nobles y el devenir de las cosas como consecuencia de estrategias planificadas y consensuadas. Obtendrás la comedia ácida In the Loop y la explicación de cómo los británicos acabaron en la Guerra de Irak, a base de chapuzas y estrecheces de miras. Su serie madre, The Thick of It, es mucho mejor. Es aún más mordaz, más ácida, y me ha encantado. El personaje de Malcolm Tucker, claramente reflejo del polémico asesor de prensa de Tony Blair Alistair Campbell, es maravilloso.

Creo que The Thick of It no se entendería si, años antes, la BBC no hubiera emitido Yes, Minister, otra obra maestra de la que ya he hablado en este blog. Es curioso cómo en la serie de los ochenta era el funcionariado, representado por el secretario permanente (¿Subsecretario?) Sir Humphrey, quien mantenía paralizada la acción de los ministros y en a década del 2000 son sus propios directores de comunicación, los spin doctors, quienes impiden a los políticos preocuparse de hacer, realmente, política. Interesante un comentario antiguo, de la época de la dimisión de Campbell, que he encontrado en la web sobre este tema.

Vistas estas dos series, mi adorada El Ala Oeste pienso ahora que se me queda algo corta: ¡sus problemas son demasiado elevados! No se preocupan por si recortar el presupuesto de un hospital sin pacientes les supondría una huelga de funcionarios que paralizaría el país o por si decir a un periodista que el primer ministro es el “mejor hombre para el puesto” se traduce en que todos los medios empiecen a informar de que una mujer se postula como candidata, sino que se preocupan por temas profundos como la paz entre Israel y Palestina o la pena de muerte. En el Ala Oeste el jefe tiene de verdad poder, y la mano oculta que maneja los hilos no es su enemigo (Sir Humphrey o Malcolm Tucker) sino realmente la mano derecha del presidente, el leal, inteligente y gris Leo McGarry. ¿Es realista? ¿Lo permite el presidencialismo estadounidense, o es realmente una representación absolutamente idealizada? ¿Cuánto hay de verdad en el Ala Oeste? ¿Deberíamos mezclar las tres series para tener un reflejo de la política real? Como dice un ex ministro en uno de los contenidos extra de los DVD de The Thick Of It: la política es un poco mezcla de las tres junto con East Enders (un famosísimo y longevo culebrón británico).

Hay un diálogo genial de The Thick of It sobre esta mezcla de realidades: Hablan Nicola, la Ministra de Ciudadanía y Asuntos Sociales (Dios mío, ¿alguien de Moncloa había visto esta serie cuando crearon el Ministerio de Educación, Política Social y Deporte?) y su asesor Ollie. En el hotel donde se celebra la convención del partido tratan de escribir en minutos un nuevo discurso para la ministra después de que el asesor de comunicación / jefe de gabinete del primer ministro les reventara lo que tenían preparado. Ella está de los nervios y él, en el fondo, está disfrutando el subidón de adrenalina. “¡Esto es política! ¡es como El Ala Oeste!”, le dice, y ella le responde “no eres Josh, Olly, simplemente escribe el jodido discurso!”. Al final Olly se queda murmurando, derrotado, “I fucking am Josh…”. Ese diálogo me pareció tan real… Porque una cosa es cierta: no sé si El Ala Oeste refleja bien la realidad, pero sí tengo claro, por los muchos gabineteros fans que he conocido, que a la realidad le gustaría parecerse al Ala Oeste.

Por cierto, y por poner los puntos sobre las íes, los discursos en The West Wing no los escribía Josh, sino que lo hacían Toby y Sam. 😉

Conspiranoias y televisión septiembre 23, 2011

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Me encanta la ficción sobre política, que casi siempre es en realidad política y periodismo, las dos cosas juntas, porque si una película o serie sobre políticos actuales no incluye su buena dosis de medios de comunicación, no me parece creíble. Para bien o para mal, la política en el siglo XXI sin comunicación no existe.

En este sentido, obviamente, como tantos otros, adoro El Ala Oeste de la Casa Blanca, pero me gusta ampliar mis horizontes. En mi búsqueda de series en el HMV de Oxford este verano, vi una que me sonaba (el Blog Quinta temporada había hablado de ella un mes antes) y, tratando sobre periodistas y políticos, no me pude resistir a llevármela a casa.

Acabo de terminar State of Play, y mis sensaciones son contradictorias. Creo que está muy bien hecha. Es un thriller complejo (muy complejo) que comienza con dos asesinatos y se complica con alta y baja política, infidelidades, triángulos amorosos, traiciones… Todo en seis capítulos, todo sin que pierdas el hilo y todo sin pararse a respirar. Podría decir que es fantástica, pero tiene un pequeño problema: yo, personalmente, no me la creo, a pesar de las buenas interpretaciones de sus actores.

El problema es que es muy maniquea. Por un lado, los periodistas son buenísimos: un equipo de unas cinco personas se pasa semanas o meses investigando un tema sin publicar ni una sola línea con el apoyo incondicional de su editor, encuentran información y consiguen la complicidad de sus fuentes con mucha más agilidad que la policía, se plantean dudas morales y aguantan la historia hasta que no lo tienen todo atado… Vamos, no sé cómo trabajarán en The Guardian, pero me apuesto los dos brazos a que ningún medio español ni sus periodistas trabajan así. Y por otro lado, los políticos son malos malísimos: traicioneros, oscuros, conspiradores…
Ni tanto, ni tan calvo en ninguno de los dos ámbitos, creo yo. Por eso no he terminado de creérmela. Aunque aún así la recomiendo. Es un gran thriller. Pero es de esos que alimentan la conspiración y la paranoia. Esos que hacen que, cuando alguien ve El Ala Oeste, considere que “no es realista” porque no hay corrupción. Esos que destrozan mis esfuerzos por explicar que, en líneas generales, la política no es tan mala.

También me ha generado ciertas reflexiones sobre la visión del periodismo que transmite. Como digo, los periodistas de esta serie son “perfectos”. Y aún así, es práctica habitual pagar a las fuentes, espiar, conseguir información de maneras más o menos ilícitas. Siempre he dado por supuesto (y creo que en España es bastante habitual pensar eso) que un periodista que necesita pagar por su información no es un buen periodista, y una fuente que cobra no es de fiar puesto que, con tal de cobrar, podría contarte cualquier cosa. Y aún así, en esta serie, metidos en faena, como espectador justificas perfectamente los pagos que realizan. Es curioso. Debe ser cuestión cultural con el periodismo británico. Si allí es práctica habitual no es de extrañar que al final se bajen los estándares hasta extremos que acaban convirtiéndose en escándalo cuando se miran desde lejos y se convierten en “las escuchas de News of the World”. Por otra parte, aquí se puede decir directamente que no tenemos verdadero periodismo de investigación, o sea que la verdad, no sé qué prefiero.

Y lo que más dudas sobre la visión del periodismo me ha generado es el final. Voy a comentarlo, lo que significa que a partir de este punto (y en cursiva para facilitar que se distinga) es un gran SPOILER que puede destrozar la serie a quien lo lea. Advertidos estáis:

Los esforzados periodistas consiguen atar toda una trama de corrupción con pruebas que demuestran que una petrolera había espiado al Gobierno y, lo que es peor, que el Gobierno lo consentía a cambio de prebendas (no personales sino “para el país”) de la petrolera. Es el caso del siglo: contarle a los británicos cómo las petroleras son focos de podredumbre que contaminan a su Gobierno. A punto de publicar la historia, el caso da un giro y el origen de la investigación, un asesinato sin resolver, es resuelto. El culpable (gran spoiler, en serio, no sigas leyendo) es el político amigo del periodista protagonista.

Explicado esto, mi reflexión: cuando lo he visto he pensado “joder, qué putada, si lo publican destrozan su propia historia, que publiquen la corrupción y al día siguiente el culpable de asesinato, que si no una cosa va a ocultar la otra”. Porque, pensemos, ¿qué es más importante para la ciudadanía, que las petroleras y el Gobierno van de la mano o que a una pobre chica la mató un diputado? Obviamente no te puedes callar que tienes la confesión en exclusiva del diputado, pero entonces, da las dos historias… Están interrelacionadas y son importantes. En la serie, el periodista protagonista amigo del asesino pasa su crisis pero finalmente la serie acaba con que el periodismo “triunfa” y la portada del periódico lleva al día siguiente una gran foto del diputado con el titular de que confiesa el asesinato de su ayudante. La cámara nos lleva entonces a la rotativa y nos muestra el resto de titulares y fotos: el “asesino”, su mujer, la víctima, a la otra víctima que dio la primera pista… Cualquiera pensaría que la historia acaba bien, que se descubre al culpable, pero quizá mi deformación profesional me lleva a pensar: “¡Oh dios mío, la petrolera y el gobierno se salen con la suya! ¿dónde están los titulares sobre el espionaje y la corrupción?” No sé si quien escribió la serie, Paul Abbott, quería dar un último mensaje de cinismo: tanta investigación para que al final un asesinato oculte la noticia importante. Me temo que no, que realmente la serie acaba “bien” y que lo que ocurre es que “castigar” públicamente al culpable del asesinato es considerado más importante que pararle los pies a las manitas entre Gobierno y petroleras. Obviamente, el asesinato y la corrupción están relacionados, se entiende que todo el otro caso también saldrá, pero no sé… Mi viejo corazoncito de ex jefa de prensa necesita titulares. ¿Me he vuelto un poco cínica? Y con esto acabo mi spoiler-reflexión sobre la última parte del último capítulo.

Sólo una cosa más, como parece que me he propuesto mencionar a Doctor Who en todos mis post, no puedo dejar pasar la oportunidad de decir que el periodista principal y coprotagonista de la serie es John Simm, The Master en algunos de los mejores capítulos de la era David Tennant de Doctor Who. Por cierto que he tenido que leer su ficha en el IMDB para darme cuenta, lo que hace un tinte de pelo…

Un tipo extraño de tristeza septiembre 11, 2011

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El último capítulo de Doctor Who me hizo llorar.

Hace unos 12 años, cuando estudiaba tercero de carrera con una beca Erasmus en la Universidad de Sussex, leí un artículo de filosofía estética cuyo título nunca he olvidado: A Strange Kind of Sadness. En los últimos días he vuelto a recordarlo: con el vídeo del perro del que hablaba ayer, con el primer capítulo de The Sarah Jane Adventures que mencionaba el otro día, y sobre todo, con el capítulo de hoy de Doctor Who, The Girl Who Waited, que me ha hecho derramar enormes lagrimones.

Mi mala cabeza no me permite recordar cuáles eran las conclusiones de aquel artículo. Sospecho que no debían ser muy concluyentes o que no me convencieron. Lo que nunca he olvidado, y supongo que en los textos de filosofía generalmente el mérito está ahí, es la pregunta que se planteaba: más o menos, que por qué hay cosas que nos ponen tristes y en cambio nos gustan, nos resultan placenteras. La tristeza de verdad no se puede disfrutar lo mires como lo mires, pero ahí están las canciones, las películas, los episodios de series que son “placeres estéticos” que nos ponen tristes y en cambio nos encantan. Nos gusta llorar y nos sentimos mejor después.

Generalmente me cuesta llorar, pero cuando una de esas ficciones conecta conmigo, sólo la vergüenza de que quizá alguien me vea me impide entregarme completamente a la liberación que supone dejarse llevar por las lágrimas. Después te sientes feliz, descansado. ¿Por qué? El llanto libera. Incluso cuando es una situación real la que nos hace llorar, el hecho de llorar nos hace sentir algo mejor después.

Pero el disfrute de ese tipo extraño de tristeza no se debe sólo a la liberación fisiológica de las lágrimas. Hay canciones que, sin llegar a hacernos llorar, nos ponen tristes. No se los demás, pero a mí una canción que me haga eso es muy probable que se ubique entre mis favoritas (me viene a la cabeza Under the bridge, de los Red Hot Chilli Peppers). Así pues, hay algo más. Tiene que haber algo que nos haga disfrutar de la tristeza, al menos de cierto tipo de tristeza, la generada por el arte. Dicen que los masoquistas disfrutan el dolor porque genera endorfinas. ¿Qué genera la tristeza para que pueda gustarnos? Y, sobre todo, ¿cómo es capaz una narración, una pieza de arte, de provocarnos ese sentimiento?

Maravillas de internet, he encontrado la referencia a aquel artículo. Ahora sólo me falta encontrar una biblioteca que reciba el Journal of Aesthetics and Art Criticism y lo tenga disponible al público desde 1982. En realidad no creo que nunca lo vaya a buscar, pero seguiré dándole vueltas a la idea, triste por no encontrar solución, pero feliz por estar buscándola. De todos modos, si alguien que trabaje en una universidad me quiere hacer llegar el artículo estaría muy agradecida (aunque sospecho que es probable que satisfaga más mi curiosidad la respuesta que pueda dar de este tema un neurocientífico que la filósofa que me hizo pensar en ello por primera vez). La referencia es:

A Strange Kind of Sadness
Marcia M. Eaton
The Journal of Aesthetics and Art Criticism
Vol. 41, No. 1 (Autumn, 1982), pp. 51-63
(article consists of 13 pages)

El primer paso septiembre 6, 2011

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Imagen promocional de los capítulos de la tercera temporada de The Sarah Jane Adventures “The Sarah Jane Wedding”, en los que aparece el décimo Doctor

Ok, otro mini post antes de encontrar algo interesante que decir para escribir un post largo:

Ha llegado el momento de reconocer que estoy enferma: el primer paso para recuperarse de una adicción es reconocer que se tiene un problema… Y yo lo tengo con Doctor Who.

Entre ayer y hoy he visto por primera vez un par de capítulos de la spin off infantil de mi serie de ciencia ficción favorita. The Sarah Jane Adventures es muy para niños: bromas blancas, tramas sencillas y un solo nivel de lectura… Y aún así, he de reconocer una cosa:

Al final del segundo capítulo, Sarah Jane Smith explica al niño Clyde Langer cómo descubrió los aliens. Le cuenta que conoció a un hombre, llamado “el Doctor”, extraterrestre también, que la llevó a ver las cosas más inimaginables, con el que viajó por el espacio y el tiempo, y que después la dejó atrás, con su legado: para ayudar y proteger… Y que espera volvere a ver algún día. Lo que he de reconocer es que, en ese momento, cuando pretenden hacer una escena sentimental en una serie cuyo público objetivo tiene, digamos, ocho años, confieso que yo, a mis casi 32, me emocioné.

En fin, reconocerlo es el primer paso para solucionar un problema… ¿Pero qué tal si para compensar me leo algún libro muy sesudo y ya está? Al fin y al cabo, ¿qué chica no desea un pintalabios sónico? 😉

Pd (tras haber visto hasta el capítulo seis). Podría justificarme y decir que lo que pasa es que veo a Sarah Jane como una metáfora en la que buscar un reflejo: mujer fuerte que se queda sola pero le da igual porque no necesita a nadie, ya que tiene sus maquinitas, sus aliens y su vida que sus vecinos no comprenden pero a ella no le importa porque es una vida más interesante que la de los demás, aunque en realidad sólo acaba siendo feliz de verdad cuando crea una familia con su “hijo” adoptivo y los amigos de éste y por tanto deja de añorar a su doctor… Pero sería darle a la serie una profundidad mucho mayor de la que pretende tener ¿No?

Vuelve el doctor septiembre 4, 2011

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Acabo de ver Let’s kill Hitler, el octavo capitulo de la sexta temporada de Doctor Who, el primero tras el parón veraniego. Sólo puedo decir dos cosas: 1. Joe, el tema de las líneas temporales es cada vez más complicado, ya estoy perdida sobre quién hace qué y sobre todo cuándo. Y 2. Dioooosss. Qué adictiva es esta serie y cómo me gusta!!

Me pregunto, por cierto (y sólo los que estéis al día con la serie entenderéis la pregunta) The Silence y Silence in the Library tendrán alguna relación? Al fin y al cabo, en aquel capítulo conocimos a River Song y sabemos cómo acabó…

En fin, en breve tendré que retomar el blog, tras el descanso veraniego. Estas semanas han sido productivas en cuanto a series, o sea que tengo mucho que contar: acabé Game of Thrones, me queda un capítulo (aún no emitido para acabar Torchwood y también estoy al día con la emisión estadounidense de la que parece que va a ser la última temporada de The Closer. En cuanto coja ritmo de trabajo retomaré el blog hablando de esos y otros temas… Aunque quizá le tenga que hacer un hueco a una nueva obsesión: llegar a fin de mes con mi nueva hipoteca y reformar y amueblar mi precioso piso (definitivamente, agosto ha sido un mes muy productivo).

Antena 3 emitirá Torchwood agosto 22, 2011

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Acabo de ver un anuncio de Torchwood Miracle Day “próximamente en Antena 3”. ¡Qué bien! Para entonces yo la habré visto, pero por lo menos se hablará de ella y la gente sabrá a qué me refiero cuando menciono al Capitán Jack Harkness.

A Antena 3 le ha dado por comprar series muy buenas últimamente (anunció que compraba Sherlock, ha emitido Downtown Abby…). Bienvenida sea la apuesta. Ahora, que no sé yo qué tal va a funcionar la cuarta temporada de Torchwood en un país que no ha visto las tres primeras ni Doctor Who. Espero que bien, que cuanto mejor le vaya a la serie más posibilidades de que haya quinta temporada.

La parte mala es que esto explica por qué el Global iPlayer de la BBC no ofrecía la última temporada de Torchwood. Para vendería en España.

Del papel a la pantalla agosto 9, 2011

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Los libros de Canción de Hielo y Fuego me tientan en los escaparates de todas las librerías desde que Juego de Tronos se convirtió en un éxito de audiencia

No sé si leer la saga épica de George RR Martin Canción de hielo y fuego. La serie Juego de Tronos me ha gustado demasiado, no quiero verle defectos comparándola con los libros, o perder la emoción de verla si sé lo que va a pasar después, o renunciar a ella si las novelas que la inspiran resultan ser mucho mejores.

Por otra parte, hay que esperar tanto hasta la siguiente temporada para saber cómo continúa la evolución de sus complejos personajes que quizá recurrir a los libros ya publicados (cinco hasta el momento, si no me equivoco) puede ser una buena solución para pasar el mono… Y es que el final de la primera temporada de Juego de Tronos no deja precisamente resuelta la trama. Es un cliffhanger en toda regla, y me de la impresión de que así van a ser todas las temporadas que dure, porque así son, al parecer, sus libros (me cuentan que los fans de Martin sufren con la idea de que su descuidada salud no le permita acabar la saga).

La relación entre páginas y pantallas suele ser complicada. Personalmente, procuro huir del extendido esnobismo de considerar siempre mejor al libro, más ahora que las series de televisión permiten, por su duración, profundizar en los personajes tanto como sea necesario, a diferencia de las películas, que tienen que “contarlo todo” generalmente en menos de dos horas. Por no decir que hacer una buena serie es mucho más difícil (y costoso) que una buena novela. Al fin y al cabo, no sólo hay que contar una gran historia valiéndose de un uso virtuoso del lenguaje (escrito en un caso, audiovisuales el otro), sino que en las series además hay que dar con el casting adecuado, la música, la ambientación, hacer equilibrios con el presupuesto, dar material para atrapar a la audiencia y garantizar así la continuidad del proyecto…

Y a pesar de pensar todo esto, procuro no mezclar. Es muy difícil que la serie y el libro sobre el mismo tema me gusten a la vez, y sin que uno de los dos tenga que pagar un precio. Lamento, por ejemplo, que ya no puedo recordar la cara del Aragorn o Legolas con los que me obsesioné con menos de 15 años. Ahora sólo veo a Viggo Mortensen y Orlando Bloom en su lugar. Y aunque la película de Peter Jackson sobre El Señor de los Anillos me pareció fantástica y pienso correr a ver El Hobbit si por fin llegan a extrenarla, me sienta fatal que se haya superpuesto sobre mi propia imaginación y me haya hecho olvidar el libro que tantísimo me gustó de adolescente.

En otras ocasiones, he preferido salvar el libro antes que la serie. Por ejemplo, al comprobar que el último capítulo de la primera temporada de True Blood dejaba un planteamiento completamente distinto al de Dead until Dark, el primer libro de la saga de The Southern Vampire Mysteries que hasta entonces había seguido fielmente, opté por conservar en mi cabeza a la Sookie Stackhouse de los libros de Charline Harris mejor que a la de Allan Ball, creador de maravillas como Six feet under. Cualquiera de los dos no sería más que un placer culpable, ya que profundidad, lo que se dice profundidad, no tienen. ¡Pero me lo paso bien!

Para acabar, mencionar que a veces el salto se produce a la inversa, de la pantalla a la tinta, sobre todo como historias paralelas y continuaciones de la saga o precuelas. En este caso, me atrevería a decir que la duda se inclina siempre al lado de la producción audiovisual, puesto que sus descendientes en papel no son más que subproductos de marketing para rentabilizar el filón. Ya apenas recuerdo unas novelas sobre Luke, Han Solo y los demás de La Guerra de las Galaxias que leí en su momento y que implicaban a una jedi pelirroja. Aún así, ¡Quién le echara el guante a los cómics sobre Doctor Who! 😉