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La realidad supera a la ficción mayo 3, 2011

Posted by mispequenasobsesiones in Política, Series de televisión.
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Es un título manido, lo reconozco, pero la operación Gerónimo que ha acabado con la vida de Osama Bin Laden bien se merece esa introducción.

Esta mañana leía en Quinta Temporada que la operación era una mezcla de 24, sobre el terreno, y el Ala Oeste de la Casa Blanca, en la situation room donde Obama y Clinton han seguido el desarrollo de los hechos.

Y precisamente, en esa línea, mezclando las imágenes de El Ala Oeste con las fotografías oficiales difundidas por la Casa Blanca, el Telediario de hoy ha concluído con una pieza intersante que he querido compartir en el blog. Se puede ver desde el minuto 01.01.30 del vídeo completo, que está en este enlace: http://www.rtve.es/alacarta/videos/telediario/telediario-15-horas-03-05-11/1090360/

¿Qué fue antes? ¿El huevo o la gallina? En este caso creo que la gallina (la realidad) pero la ficción lo puso al alcance de todos nosotros, y ahora la realidad se ve obligada a satisfacer nuestra curiosidad, porque ya sabemos lo que es la habitación del gabinete de crisis. Una pregutna, ¿si el equipo que mató a Bin Laden hubiera fracasado, ¿habríamos llegado a ver esas imágenes de Obama pensativo? ¿Algún contrato obligaba al fotógrafo a borrar su tarjeta de memoria si los agentes americanos morían en el intento y el terrorista escapaba?

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Política e imaginario colectivo abril 6, 2011

Posted by mispequenasobsesiones in Política, Series de televisión.
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En democracia, los políticos son sin lugar a dudas el colectivo más sometido al escrutinio público de toda la sociedad. Y como las buenas noticias no son noticia, las corruptelas, ambiciones, errores e incompetencias de algunos se magnifican y difunden mucho más que cualquier acción positiva, que el esfuerzo que requiere ser un buen político, que el sacrificio por el prógimo que lleva a muchas personas a pasar por la política.

Se forja así en el imaginario colectivo una idea del político como corrupto por definición, y crece la sensación de que todos son iguales (igual de malos, se entiende), sin que nadie se pare a meditar si la otra opción (que no haya política) no es mucho más terrorífica.

Esta idea del político, por supuesto, contagia nuestro nuevo séptimo arte (creo que las series han relevado al cine en esta definición) y por todas partes vemos ejemplos de políticos como los malos del guión: mezquinos a los que el protagonista tiene que superar para conseguir sus nobles propósitos (me viene ahora a la cabeza la fantástica tercera temporada de Torchwood, a la que algún día dedicaré un post entero).

Por eso El Ala Oeste de la Casa Blanca, del genial Aaron Sorkin, es una bendición. En 1999 una serie de televisión se planteó, por fin, quiénes eran esas personas que llenaban los despachos de asesores del presidente de los Estados Unidos, qué altos ideales y qué legítimas ambiciones les habían llevado a dejarse la piel por alguien, qué dificultades encontraban en su camino y por qué no siempre salía todo como habían prometido.

He tenido la oportunidad de vivir en un ambiente parecido durante un tiempo y puedo asegurar que The West Wing se puede considerar verosímil, un poco idealizada, pero realista. Un soplo de aire fresco con miles de seguidores incondicionales que nos emocionamos cuando, en 2006, vimos a Barlet disponerse a inaugurar su biblioteca en el cierre de la última temporada.

Pero entre el político como malo porque sí, sin necesidad de mayor elaboración del personaje, y el político idealizado de Sorkin hay una tercera opción: la explicación de por qué un político se puede volver “malvado”.

En este sentido (como en muchos otros), la quinta temporada de The Wire es imprescindible. Muestra a un ambicioso candidato a alcalde con muchas ideas y objetivos nobles (la ambición no tiene por qué ser mala), a los que las circunstancias le van obligando a renunciar, para acabar encajando perfectamente en la idea de político despreciable que muchos tienen en la imaginación y que, en origen, no era. Interesante análisis que debería hacer reflexionar antes de concluir con aquel injusto “todos son iguales” tan habitual en las charlas de café de los bares españoles.