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La teoría de la conspiración abril 20, 2011

Posted by mispequenasobsesiones in Política.
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Fue hace más de quince años, así que ya no recuerdo si lo leí en alguno de los libros de la saga vampírica de Anne Rice que devoré en mi adolescencia o si lo decían en la película Entrevista con el vampiro (1994), que inició en mí esa pasión. El caso es que en mi mente se ha quedado gravada a fuego una frase cuyo contexto apenas recuerdo, aunque sé que se la dice el vampiro Armand al periodista que en la película interpreta Christian Slater: “O bien me subestimas, o bien me sobreestimas. Pocas veces aciertas”.

Conozco de memoria muchas frases de películas y libros (desde el “presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad” de Casablanca al “Alcalde, todos somos contingentes, pero tú eres necesario” de Amanece que no es poco), pero no suelen aparecer en mi mente así, de vez en cuando, y sin venir a cuento. Es cierto que hay honrosas excepciones, como la mencionada de sobreestimar y subestimar o que ya no puedo escuchar la expresión “No es oro todo lo que reluce” sin continuarla mentalmente con un “ni toda la gente errante anda perdida” (El Señor de los anillos, el libro, creo), o que, en una situación de tensión lúdica (qué sé yo, a punto de montarme en una montaña rusa) no grite, para mis adentros, un “uchiiinniiii”, como el de los jawas de Star Wars.

El caso es que “O bien me subestimas, o bien me sobreestimas. Pocas veces aciertas” viene muy a menudo a mi cabeza, pero no aplicada a vampiros sino a la política. Recientemente, discutía con unas buenas amigas (que si se ubicaran políticamente estarían probablemente en mis antípodas) sobre las características que debe tener un buen político y en qué debe consistir el ejercicio de la política. No hace falta explicar que no compartí en absoluto sus puntos de vista, pero que no conseguí tampoco mover ni un ápice los de ellas.

Cuando no se gana ni se pierde una discusión suele mantenerse en la mente mucho más tiempo, y ha sido en estos días posteriores de rumiar el enfrentamiento cuando las palabras subestimar y sobreestimar han rondado mi mente.

Creo que uno de los problemas por los que la política está tan desprestigiada es porque hay un profundo desconocimiento de lo que los representantes públicos pueden y no pueden hacer, para qué sirven y qué capacidad real de hacer cosas tienen. Muchos de los defraudados con Obama, por ejemplo, querrían que hubiera aprobado su reforma sanitaria sin moverla un ápice y sin necesidad de someterse al refrendo de las Cámaras y a las presiones de distintos colectivos. Pero es que para hacer eso Obama hubiera necesitado ser un dictador, y nadie quiere eso (o se atreve a pedirlo en público).

Al margen de que creo que muchas veces se confunde lo que es un político y lo que es un alto funcionario (confusión alentada por nuestro actual gobierno, que quería cesar subdirectores generales para ahorrar, haciendo ver que eran políticos quienes no eran más que funcionarios), me llamó poderosamente la atención otro de los argumentos de los muchos que se barajaron durante la charla. Venía a ser algo así como que se han multiplicado los partidos de fútbol para que la sociedad esté anestesiada y no haya manifestaciones por el paro y la crisis económica.

Y aquí es donde lo de “sobreestimar” viene a mi mente. Aceptando que se emitan ahora más partidos en abierto que antes (la verdad, ni lo sé ni me preocupa si es cierto, concedamos que sí lo es). ¿De verdad se puede pensar seriamente que alguien ha tomado la decisión fría de hacer una cosa para compensar la otra? ¿De verdad alguien en el Gobierno tiene la visión a gran distancia para, un año antes de el punto álgido de la crisis, cuando se negocian las emisiones del año siguiente, decidir que había que poner fútbol en todas partes? ¿Y alguien tiene el poder para forzar a las televisiones privadas a programar fútbol a todas horas y arruinarse en las pujas por los derechos (y en los procedimientos judiciales que han generado, por cierto)? Y mucho más importante, ¿de verdad un parado que está jodido no va a ir a una manifestación porque tiene partido tres días a la semana? (entonces ese parado tiene lo que se merece, con perdón).

Esta forma de desprestigiar la política no es más que una teoría de la conspiración. Como tal conspiración debería ser fácil de desmontar, pero no lo es. Mi frustración, viene de que, para concluir con otra frase de película, parafraseando al maestro Yoda, las teorías de la conspiración son más rápidas, más fáciles y más seductoras.

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Política e imaginario colectivo abril 6, 2011

Posted by mispequenasobsesiones in Política, Series de televisión.
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En democracia, los políticos son sin lugar a dudas el colectivo más sometido al escrutinio público de toda la sociedad. Y como las buenas noticias no son noticia, las corruptelas, ambiciones, errores e incompetencias de algunos se magnifican y difunden mucho más que cualquier acción positiva, que el esfuerzo que requiere ser un buen político, que el sacrificio por el prógimo que lleva a muchas personas a pasar por la política.

Se forja así en el imaginario colectivo una idea del político como corrupto por definición, y crece la sensación de que todos son iguales (igual de malos, se entiende), sin que nadie se pare a meditar si la otra opción (que no haya política) no es mucho más terrorífica.

Esta idea del político, por supuesto, contagia nuestro nuevo séptimo arte (creo que las series han relevado al cine en esta definición) y por todas partes vemos ejemplos de políticos como los malos del guión: mezquinos a los que el protagonista tiene que superar para conseguir sus nobles propósitos (me viene ahora a la cabeza la fantástica tercera temporada de Torchwood, a la que algún día dedicaré un post entero).

Por eso El Ala Oeste de la Casa Blanca, del genial Aaron Sorkin, es una bendición. En 1999 una serie de televisión se planteó, por fin, quiénes eran esas personas que llenaban los despachos de asesores del presidente de los Estados Unidos, qué altos ideales y qué legítimas ambiciones les habían llevado a dejarse la piel por alguien, qué dificultades encontraban en su camino y por qué no siempre salía todo como habían prometido.

He tenido la oportunidad de vivir en un ambiente parecido durante un tiempo y puedo asegurar que The West Wing se puede considerar verosímil, un poco idealizada, pero realista. Un soplo de aire fresco con miles de seguidores incondicionales que nos emocionamos cuando, en 2006, vimos a Barlet disponerse a inaugurar su biblioteca en el cierre de la última temporada.

Pero entre el político como malo porque sí, sin necesidad de mayor elaboración del personaje, y el político idealizado de Sorkin hay una tercera opción: la explicación de por qué un político se puede volver “malvado”.

En este sentido (como en muchos otros), la quinta temporada de The Wire es imprescindible. Muestra a un ambicioso candidato a alcalde con muchas ideas y objetivos nobles (la ambición no tiene por qué ser mala), a los que las circunstancias le van obligando a renunciar, para acabar encajando perfectamente en la idea de político despreciable que muchos tienen en la imaginación y que, en origen, no era. Interesante análisis que debería hacer reflexionar antes de concluir con aquel injusto “todos son iguales” tan habitual en las charlas de café de los bares españoles.